EL GRADO CERO DEL CINE CUBANO
Por Manuel Zayas
(Publicado en polaco por la revista Kino, Nr. 493-494,Año XLII, 2008)
La prohibición en 1961 por el gobierno revolucionario cubano del documental PM (Pasado meridiano), de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, despejó todas las dudas sobre la producción y la función social del cine en la isla. Realizado de manera independiente a la oficial, centralizada ya desde 1959 por el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), ese cortometraje molestó a las autoridades por «ofrecer una pintura parcial de la vida nocturna habanera, que empobrece, desfigura y desvirtúa la actitud que mantiene el pueblo cubano contra los ataques arteros de la contrarrevolución a las órdenes del imperialismo yanqui». Así decía el acta de censura.
Para Néstor Almendros, sin embargo, crítico en la entonces prestigiosa revista Bohemia, PM mostraba «un gran amor por el ser humano, por el hombre humilde, por el hombre anónimo y hay amor hasta para el pobre borracho desorientado. La cámara volverá constantemente sobre ellos: dos hombres que discuten en un bar, la soledad del Chori clownesco, un hombre y una mujer tomando un café con leche y que, indudablemente se aman, unos pacificadores en una bronca, trasnochadores que cruzan la bahía de madrugada…»
Influenciado también por la estética del 'free-cinema', Almendros terminaría ese mismo año Gente en la playa, cortometraje con el que se acerca a todo lo cotidiano de un balneario habanero. Pero si algo quedó claro con la prohibición de aquel filme, es que la estética del 'free-cinema' resultaba incómoda a la oficialidad, pues postulaba reflejar la realidad de una manera más libre, buscando al ser anónimo y aspectos de la vida diaria que podían parecer intrascendentes. Los métodos de filmación, con un equipo de rodaje mínimo, permitían poder filmar al margen de los estudios con un presupuesto exiguo.
Desde entonces y hasta finales de los años noventa, es notable la no existencia de un verdadero cine independiente cubano. Hay que descontar las producciones de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, creada en 1986 bajo la égida de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, dirigida por el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. Desde su existencia, esa ha sido la única institución no adscripta al poder y, por lo tanto, a la censura oficial.
Se sabe que luego de la caída del Muro de Berlín, la desaparición del socialismo en Europa del Este y la desintegración de la URSS, en Cuba se llegó al «Período Especial en Tiempos de Paz», que no fue otra cosa que una hambruna generalizada típica de la peor posguerra, y que por supuesto no sufrieron los altos dirigentes del Partido Comunista ni los mandos militares. En consecuencia, el cine cubano prácticamente desapareció, llegó casi a su grado cero. La producción de documentales, que en mejores tiempos había alcanzado la cifra de 90 por año, fue tan duramente golpeada que hoy no existen –apenas- testimonios filmados por cineastas cubanos de las distintas crisis sufridas en los noventa en la isla.
A finales del siglo XX, aparece en Cuba lo que se ha dado en llamar un movimiento de jóvenes realizadores, que no proclamó ningún manifiesto, pero que sí se abocó a la producción independiente –algo que parecía impensable-, y que ha rechazado todos los esquemas y modelos de la cinematografía oficial. Ese regreso a la independencia creativa fue totalmente espontáneo, pero se vio favorecido por la llegada de las tecnologías digitales de filmación. Viendo algunos de estos filmes y a pesar de que muchos no lograrán trascender por su calidad estética, hay otros que, financiados con 500 dólares, han llegado incluso a obtener premios internacionales, como es el caso del filme de ficción Vedado, de Asori Soto y Madgiel Aspillaga, que concursó en el festival de Guadalajara en el apartado de cine en construcción y obtuvo financiamiento para su hinchado a 35mm y la posibilidad de ser distribuido comercialmente. Sin ser millonarios, Soto y Aspillaga viven hoy en Beverly Hills, desde donde intentan acabar su película y lograr su distribución. Otros jóvenes cineastas cubanos igual de talentosos intentan crear en París, Nueva York, Madrid, Ginebra o Munich. Pero lo mejor es que muchos -que no han querido (o no han podido) sufrir los males del exilio- viven y crean en La Habana. Tal es el caso de Pavel Giroud, Esteban Insausti, Arturo Infante y de otro muy joven de espíritu, Juan Carlos Cremata, a quienes la industria ha querido absorber.
Si hubiera que salvar alguna de estas producciones de cualquier cataclismo, lo intentaría primero con dos cortometrajes realizados en la Escuela de Cine: Oscuros rinocerontes enjaulados (1990), de Cremata, una disparatada comedia experimental sobre los sueños eróticos de una limpiapisos de oficina; y por supuesto, la agradable Molina's Culpa (1993), de Jorge Molina, otra macabra comedia que se apropia de la estética del mexicano Juan Orol, para hablar -relación pornográfica de por medio- del amor por su Dios de un devoto-católico-asesino.
Porque no es mi intención ser injusto, añadiría: Video de familia (2001), de Humberto Padrón; Gozar, comer, partir (2006), de Infante; Buscándote Havana (2006), de Alina Rodríguez; Habana solo (2001), de Juan Carlos Alom y Existen (2005), de Insausti.
Este movimiento de jóvenes realizadores independientes parece irrefrenable; en su esencia, no se beneficia de financimiento oficial ni del de mecanismos como Ibermedia, debido a que la legislación cubana no reconoce otro sistema empresarial que el estatal. En esos jóvenes y en ese modo de producción está echada la suerte y el futuro del cine cubano. Ellos han dejado atrás el grado cero. Buscan la libertad.
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Manuel, sin intenciones de entrar en detalles históricos hay una aclaración creo vale dentro de lo interesante de tu artículo; “El Grado Cero del Cine Cubano”. Tienes razón en todo lo concerniente a PM excepto que no está definido un detalle de muy poca publicidad. De ese hecho soy testigo presencial debido a que por ese tiempo el que te escribe, Len Zayas, era el productor del Noticiero ICAIC y junto con Roberto León Henriquez y Santiago Alvarez participamos en las discusiones sobre el documental PM para decidir la postura oficial aun cuando ya se había determinado la actitud a seguir en esa situación. La idea, como siempre, era mostrar la fuerza del Instituto en su determinación de controlar todo lo que fuera relativo al cine, en este caso, y contrario a la creencia popular, no tenía relación alguna con el carácter artístico o político de la obra. De haberse tratado sobre el desarrollo de las moscas en Gibara, el tratamiento se hubiera efectuado igual. En este caso había dos pájaros en la mirilla, un documental de cine y Lunes de Revolución que lo comentaba. Los participantes en la reunión, una decena de ejecutivos de la empresa, estabamos claros que los dirigentes que presidían el mitin informal, Alfredo Guevara y Julio Gracia Espinosa, lo que buscaban eran colaboradores que sirvieran de “frente” para que los verdaderos lideres, los únicos cabe decir, Alfredo y Fidel (no presente en ese momento), pudieran aparecer como neutrales y conservar la simpatía de elementos que al momento, aunque considerados peligrosos intelectualmente, eran útiles; la gente de Lunes de Revolución con Guillermo Cabrera Infante a la cabeza.
La historia culpó como promovedor de la censura a Mario Rodríguez Alemán cuando en realidad el antiguo director de la Academia de Artes Dramáticas, y en ese tiempo revisor de guiones de la empresa, no estaba siquiera presente en la reunión efectuada en el salón de proyecciones del cuarto piso del entonces edificio Atlantic. El principal depredador del documental no fue Alfredo Guevara o Julio García Espinosa, sino el fallecido director de cine Tomás Gutiérrez Alea que como dato interesante se decía amigo de Sabá y de Nestor Almendros. Hubo tres abstenciones en la votación, un camarógrafo que no estoy seguro era de apellido Martínez, el productor de noticiero Roberto León y un servidor. Nestor Almendros, a la sazón camarógrafo de mi equipo de noticias, fue despedido sin siquiera consultarse conmigo que fungía no solo como productor, sino como jefe de producción del noticiero y asistente de Santiago Alvarez en cortometraje. Al protestar enérgicamente por haberse expulsado dos empleados sin discutirse la situación, (el otro un chofer que se reinstaló aunque no en las noticias) se me retiró del cargo y pasé a lo que se me ofreció como un ascenso a largo metraje. Lo demás es historia que no guarda relación con este hecho. Algún día documentos como los tuyos, los de Borrero y otros servirán como la verdadera historia del Cine en Cuba. Gracias y un saludo cordial. Leonardo (Len) Zayas
En los primeros días de 1959, el gobierno de Fidel Castro creó un departamento cinematográfico dentro de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde, la cual produjo documental como "Esta tierra nuestra" de Tomás Gutiérrez Alea, y "La Vivienda" de Julio García Espinosa. Éste departamento fue el antecesor de lo que se convertiría en el ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos), fundado en marzo de 1959, como resultado de la primera ley de cultura.
Al perído comprendido entre 1959 y 1969, muchos críticos cinematográficos lo bautizaron como la época de oro del cine cubano, generalmente por la producción de Lucía (1969) por Humberto Solás y Memorias del subdesarrollo (1968) por Tomás Gutiérrez Alea. Éstos dos directores son por lo general catalogados como los dos mejores directores que ha tenido Cuba. La película Memorias del subdesarrollo fue seleccionada entre las 100 mejores películas de todos los tiempos por la Federación Internacional de Clubes de Cine, pero probablemente la más notable de la última década del siglo XX fue la película Fresa y Chocolate (1993) por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Trata sobre intolerancia y presenta la amistad entre un homosexual y un joven revolucionario militante de la Unión de Jóvenes Comunistas. Fue la primera película cubana nominada a los Premios Óscar.