Ramón Molina, Consejero Cultural de la Embajada de España en Cuba, aseguró hoy que esa sede diplomática “trabaja con la convicción de que la cultura debe ser accesible por igual a todos los ciudadanos, por lo que recabaremos datos adicionales en relación al incidente que usted describe”.
Con este e-mail, la Embajada de España en Cuba acusa recibo de una carta fechada el 11 de marzo en la que se solicitaba “valorar futuros apoyos al ICAIC o a otras instituciones que impidan el acceso universal a la cultura”, en vista de los hechos de apartheid cultural sufridos por varios bloqueros independientes a los que se impidió la entrada a la novena Muestra de Jóvenes Realizadores, celebrada recientemente en La Habana y que había contado con el apoyo de varias embajadas e instituciones europeas.
Ron Muyzert, embajador de los Países Bajos en La Habana, ha asegurado que su país “vela por los derechos de igualdad” y “los principios democráticos”, en alusión a las represalias contra varios blogueros independientes a los que se impidió el acceso a la novena Muestra de Jóvenes Realizadores, celebrada en la capital cubana y que había contado con el apoyo de esa sede diplomática.
Patrocinada por el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), la muestra fue auspiciada además por las embajadas de España, Noruega, Francia, así como por la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE) y la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
“El tema que menciona ya fue señalado por esta Embajada y tiene nuestra atención”, asegura el embajador mediante e-mail en respuesta a una carta en la que se le solicitaba “valorar futuros apoyos al ICAIC o a otras instituciones que impidan el acceso universal a la cultura”.
El diplomático holandés ha asegurado que este asunto será considerado cuando se estudien “actividades futuras”.
En el marco de la muestra, la videasta holandesa Alite Thijsen impartió el taller de realización TheOneMinutes sobre videos de un minuto y que tenía como “temática los espacios públicos, específicamente los parques y plazas”.
Según varias informaciones llegadas desde La Habana, el taller de Thijsen fue altamente vigilado y controlado por los órganos de la Seguridad del Estado, que dieron órdenes de expulsar del curso a la bloguera Lía Villares.
“Los hombres oscuros”, dice Villares en referencia a la Seguridad del Estado, “habían comunicado… que yo ya no podía continuar en el curso y que tenía que abandonar el edificio de manera inmediata”.
Entre los blogueros a los que se impidió la entrada en varias ocasiones a los cines Chaplin y 23 y 12 están Ciro Díaz, Claudio Sánchez y Claudia Cadelo, que han denunciado en un video estas medidas como anticonstitucionales.
Para realizadores cubanos participantes en la muestra, que han hablado bajo condición de anonimato, estos hechos demuestran un control absoluto y visible del ICAIC por parte de la policía política.
“La Seguridad del Estado, en vez de tener que vigilar quien entra a un cine o no, si es revolucionario o no, en vez de actuar contra la Constitución, lo que debería es especializarse en la creación videográfica y exhibir solo sus bodríos. Así se ahorrarían muchos dolores de cabeza, pues los cines estarían desiertos”, dice una fuente.
Hasta el momento, ninguna de las otras instituciones que apoyaron la muestra -como son las embajadas de España, Noruega y Francia, ni los representantes de COSUDE y la UNESCO en La Habana, ni el Gobierno español, que ostenta la presidencia de turno de la Unión Europea-, han hecho declaraciones al respecto.
La mayoría de los realizadores consultados han mostrado su temor a que desaparezca uno de los pocos espacios de intercambio de ideas y creación que existen en Cuba, y han recordado que desde el caso de censura al filme “Alicia en el Pueblo de Maravillas”, no se veía tanta presencia policial en el control del acceso a los cines.
Aquel polémico filme se exhibió en el Festival de Cine de Berlín, donde la prensa lo catalogó de “glasnot” y como "sátira política". En Cuba se mostró solo ante un selecto público de militantes comunistas y después de una campaña mediática sin precedentes.
En junio de 1991, Bruno Rodríguez Parrilla, entonces director del diario Juventud Rebelde y actualmente Ministro de Relaciones Exteriores, sirvió de punta de lanza contra ese filme.
Lo secundaron otros periodistas, hasta que el gobierno cubano amenazó con subordinar el ICAIC al Ministerio de las Fuerzas Armadas o al Instituto Cubano de Radio y Televisión, para tener un mayor control de la producción fílmica. Esas propuestas tuvieron un rechazo frontal por parte de los cineastas cubanos.
Ni el ICAIC ni el gobierno cubano se han pronunciado sobre estos hechos de apartheid cultural.
[Enviado hoy a los Embajadores de España, Noruega, Holanda, Francia, a los representantes de COSUDE y la UNESCO en La Habana y a la Presidencia del Gobierno español].
Su excelencia,
En la reciente 9na. Muestra de Jóvenes Realizadores realizada en La Habana, bajo el patrocinio del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), y con el apoyo de las Embajadas de España, Francia, Holanda y Noruega, de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE) y la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se impidió el acceso a salas de cine habaneras a varios bloggers independientes cubanos que el gobierno castrista considera “mercenarios” y “contrarrevolucionarios”.
El acto de impedir el acceso a una sala de cine alegando “derecho de admisión” ha empezado a ser usado por el Departamento de la Seguridad del Estado y los administradores de instituciones públicas cubanas (cines Charles Chaplin y 23 y 12, y anteriormente el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana) como un macabro juego de apartheid cultural y social, en flagrante violación de derechos que asegura la propia Constitución de la República de Cuba pero que no se cumplen (según el artículo 41, “todos los ciudadanos gozan de iguales derechos”, según el artículo 42, “la discriminación por motivo de raza, color de la piel, sexo, origen nacional, creencias religiosas y cualquier otra lesiva a la dignidad humana, está proscrita y es sancionada por la ley” y según el artículo 43, “el Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana: disfrutan de los mismos balnearios, playas, parques, círculos sociales y demás centros de cultura, deportes, recreación y descanso”).
Visto que el gobierno cubano se empeña en poner en letra muerta el mismo texto constitucional, el primero que debe respetar, y por ser todo esto un acto de violación de los principios democráticos que enarbolan y deben cumplir las Embajadas europeas que apoyan esta Muestra de Jóvenes Realizadores, sería oportuno valorar futuros apoyos al ICAIC o a otras instituciones que impidan el acceso universal a la cultura.
En 2003, intenté rastrear la suerte de los protagonistas de uno de los más bellos documentales filmados en Cuba, Ociel del Toa (1965), que dirigiera Nicolás Guillén Landrián. La muerte del cineasta condicionó la estructura y el contenido de mi documental sobre su vida, y en el que casi no se deja escuchar nada más que su propia voz. Después de indagar mucho, alguien informó que el joven protagonista de Ociel del Toa vivía ahora en La Habana.
Este es el trailer de un documental que se ha visto pospuesto por las más diversas razones, y en el que participaron Daniela Sagone como camarógrafa y Magdiel Aspillaga en la producción. No se hubiera podido filmar sin el apoyo de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños ni la ayuda financiera del Centro Cultural de España en La Habana, clausurado arbitrariamente en aquel mismo año por el gobierno cubano.
Y aquí encontrarán, como en un monólogo, fragmentos de las palabras de Ociel Labañino, aquel niño que tan magistralmente retratara Guillén Landrián décadas atras:
Un día me topé con ellos en el río Toa. Venían Guillén [Landrián] y Livio [Delgado], en un grupito. Y entonces me dijeron que atracara la balsa en la orilla, y yo lo hice. Veníamos cargados de mercancías del centro de acopio. Y entonces ellos allí me plantearon filmar un documental. Y yo les dije: “Estoy a disposición, lo que hace falta es que hablen con mi mamá”.
La filmación fue en el Toa, en una cayuca, Filín y yo. Yo como actor principal y Filín como el otro que estaba conmigo. Empezamos a filmar el documental traslandando las mercancías hacia la tienda mixta y de ahí bajábamos la mercancía a los centros de acopio de la ciudad, que eso estaba en La Perrera. Bueno, ustedes vieron el documental, cómo se basaba, subiendo la cayuca con el esfuerzo que teníamos que hacer, a veces con sogas halando la cayuca río arriba. Nosotros éramos como bestias haciendo ese trabajo.
También fuimos a la valla para ver cómo pasábamos el fin de semana; unos iban a la iglesia, otros a fiestas campesinas; los que se dedicaban a la valla, a pelear gallos. Y de ahí entramos al río Jiguaní, que era muy peligroso, ahí hay partes que en el documental no salen, no sé por qué. Donde se bañaba Grate, una muchacha muy bonita ella, que se tiraba en el río y volvía a salir. Filmaron eso para ver cómo el campesino vivía, porque eso fue una cosa histórica, cómo se vivía antes en el campo. Es por eso que se filma el documental. Estuve también en la ciudad, en un bar, caminando por las calles, andaba solo, casi como una cosa aburrida. Las peleas de gallos eran como una diversión para nosotros. Yo iba con mi abuelo y mi tío, que peleaban gallos. Porque no había otra cosa que hacer y cuando no, era la fundación de la milicia. Yo fui fundador de la milicia allá en Baracoa, soy colaborador del Ejército Rebelde y combatiente de la lucha contra bandidos.
Me sentí orgulloso al ser elegido para filmar un documental. Pensé que iba a coger una carrera muy buena, pero no sé que pasaría. Guillén me decía: “Hay que hacer esto, esto y esto” antes de empezar a filmar y yo lo hacía según él me decía. Todo lo que me decían que hiciera yo lo hacía. Natural. Él me decía: “Tú eres una persona natural, vaya, a la que no hay que repetirle las cosas, lo mismo en el río, que en cualquier lugar que estuviera”. Por eso fue por lo que él me dijo que me iba a becar en La Habana y entonces después seguir como actor de cine. Un actor de cine. Después que termina la filmación, yo salgo con Guillén para La Habana, el mismo día que ellos salieron… Estuvimos en el hotel Versalles en Santiago de Cuba tres o cuatro días, hasta que salió el avión para acá. Ya se había terminado todo y él me dijo: “Te voy a llevar para La Habana para becarte y que sigas filmando como actor. Porque has quedado muy bien en la filmación que hiciste, eres una persona muy natural”. Y bueno, por eso me trajo para acá.
Fue muy impresionante porque yo nunca había venido a La Habana, la primera vez fue en el año 64. Paraba en casa de mi tía y por el día me mandaban a buscar en un carro que iba para el Vedado con él. Y por la noche estudiaba en una escuelita ahí en San Lázaro. Pensé que al venir para La Habana aprendo un poquito más, paso una escuela y sigo filmando como actor de cine. Y me convierto en una persona grande dentro del cine. Pero bueno, no fue así. Después me fui a Baracoa y me dediqué a trabajar en el río. Seguí con lo mismo. Cayuqueando con los hijos míos. En el año 68, llegó un compañero de la juventud y me dijo que estaban apuntando jóvenes que querían venir para Camagüey por la Columna Juvenil del Centenario. Y yo agarré y fui rápido y me apunté. Estuve en la zafra y eso hasta 1971. Cuando salí de ahí dediqué mi vida al deporte. Me gustaba mucho jugar pelota, también estuve en el boxeo. En el 75 estuve en el MININT y en el 78 vine para Santiago de Cuba. Estuve trabajando como ponchero y repartirdor de gasolina en el transporte del MININT [Ministerio del Interior]. Después, trabajé en prisiones y de ahí pasé a atender la protección física de los hoteles. Ahí hice un buen trabajo, me gané unos cuantos estímulos. Después me pasaron al centro de elaboración. En junio del 92 tuve un hecho delictivo con unos delincuentes que trataron de entrar ahí, y tuve que darle un tiro a uno, que murió más tarde. Porque ellos penetraron ese centro y por poco me matan a mí. En ese año me sacan de la provincia de Santiago. A los treinta días, regreso a Santiago a ver a mis hijos y eso, y fui sorprendido por seis de ellos, delincuentes, hermanos y familia del muerto, y me agredieron. Fui golpeado por ellos y por mucho que me defendí fui golpeado por ellos. Y después vine para La Habana porque yo tenía familia aquí.
El que me conoce sabe que es verdad, que yo filmé un documental en tal fecha que se titula Ociel del Toa. Por eso en Baracoa me dicen Ociel del Toa. Acá en La Habana yo se lo he contado a personas que me dicen: “Ah, ¿cómo tú vas a tener un documental?” Pues sí, yo soy actor de un documental de cine. He visto muchos Ocieles por ahí y les he preguntado porqué tienen ese nombre y me han dicho que por el documental. Que sus abuelos lo vieron y entonces le pusieron ese nombre.
Yo siento que la suerte no me acompañó, no sé porqué.
El Centro Hispano-Colombiano de Madrid acoge la exposición fotográfica Colombia, ayer, de Orlando Jiménez Leal, que será inaugurada el 15 de octubre de 2009 a las 19:30 horas en la sede de esa institución (Calle Segovia 34, Madrid).
La muestra recoge una treintena de instantáneas en blanco y negro con las que el cineasta cubano inmortalizara el Bogotá de 1967.
"Son famosos sus retratos de escritores y artistas, así como de los lugares visitados por él a lo largo de su peregrinaje por el mundo. La mejor prueba de ello es esta exposición titulada Colombia, ayer, donde aparecen las inolvidables fotografías de la Bogotá que él conoció a fines de los años sesenta, así como ciertos rincones de nuestro altiplano...", escribiría Plinio Apuleyo Mendoza.
La muestra permanecerá abierta al público hasta el 5 de noviembre. Entrada gratuita.
Cubaencuentro.com publica una entrevista mía a Germán Puig, fotógrafo precursor del desnudo masculino y fundador de la Cinemateca de Cuba. Aparecen facsímiles de cartas de Henri Langlois, así como un cortometraje que le realicé en 2008, sobre una película suya nunca terminada, titulada El visitante, en la que trabajó Néstor Almendros como director de fotografía.
Como animal teatral que era, a Virgilio Piñera le dio por hacerse una foto. No se sabe por qué extraña razón, un día de 1970, el escritor cubano tomó una cámara y fijó, quizá, su único autorretrato.
“Las fotografías son memento mori que participan de la vulnerabilidad, mutabilidad y mortalidad de una cosa», escribiría Roland Barthes, y pareciera como si el cubano, que ya empezaba a sufrir la marginación, “la muerte en vida”, se rebelara contra su presente de incertidumbre y anulación pública.
Virgilio se fotografió como lo que creía ser: un eterno jugador, un conspirador impertinente y silencioso. “Ante el objetivo soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve para exhibir su arte”, diría Barthes en La cámara lúcida.
Llegado tal punto, sería conveniente precisar cómo el fotografiado (Virgilio Piñera) anuló al fotógrafo (él mismo). En un extraño juego con la muerte, Virgilio compuso una trama lúdica: miró el agujero-ventana en el que se exhibía un cráneo, preparó la cámara y quizá ordenó a alguien obturar, justo en el momento en el que él, Virgilio Piñera, estuviera detrás de la pared, con su rostro encima de aquella vieja estructura ósea, formando un conjunto de casi perfecta simetría.
Al pensar la foto, el escritor destruía cualquier posibilidad de gesto espontáneo, excepto aquellos que puedan resultar involuntarios en un ser vivo. Estaba matando la idea de que ésta era una intantánea pura, la vida misma. Anulaba así la función primigenia del fotógrafo. Acaso no tuvo que ordenar a nadie inmortalizar ese momento, él mismo se bastaba, auxiliado con un aparato de disparo a distancia (¿en su mano derecha?) para hacer el click final y único.
¿Qué pretendía Piñera? ¿Asustarnos? Por la forma minuciosa en que todo fue elaborado, pareciera que no quiso más que jugar con el espectador y consigo mismo. Si quería ese juego en solitario, nunca hubiera hecho fijar, en gelatina de plata, la foto de sí mismo. O la hubiera destruído. En su rictus está la expresión de un ángel; al borde de sus 60 años, su cara parece la de un niño. Esto he sido, la muerte está cerca, parecía decir, sin patetismo alguno.
En un momento posterior, en 1974, el escritor, por una imperiosa necesidad burocrática, tuvo que acudir a un fotógrafo anónimo. Aquel acto no fue gesto, sino molestia. El cráneo del autorretrato parecía transfigurarse en el rostro del poeta. Años de intentos de domesticación y hambruna, años de no poder publicar, cuando las autoridades lo quisieron muerto. En aquel agujero-ventana, él había encontrado su pequeño agujerito. Su pequeño agujerito para respirar. Él. Poeta, cuentista, novelista y dramaturgo excepcionales. Porque Virgilio era él, su doble y el talento.
Las únicas imágenes fílmicas de Virgilio Piñera no superaban medio minuto. Cuando las vi, en el Archivo Fílmico del Instituto de Cine en Cuba, un especialista ya había comprobado un grado de acidez que hacía de aquella película algo irrecuperable. La acidez en un positivo se traducía en un olor intenso, penetrante. En aquel olor descubrí la muerte, y lo que es peor, la certeza de su presencia.
Piñera dejó unas memorias inconclusas, todavía sin publicar en libro alguno, y a las que dio por título La vida entera. Así comenzaba el relato de sí mismo: “No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte”.
Virgilio Piñera nació en Cárdenas, Cuba, el 4 de agosto de 1912. Murió en total marginación, hace ya tres décadas. Murió en La Habana. El 18 de octubre de 1979. Los que lo hemos descubierto a través de su obra, todavía lloramos su pérdida.
El cineasta y crítico hispanocubano Roberto Fandiño Rego, figura que durante décadas estuvo borrada del mapa del cine cubano revolucionario, falleció este domingo (26 de julio) en Miami tras complicaciones derivadas de un cáncer cerebral. Tenía 79 años.
Nacido en Matanzas el 28 de septiembre de 1929, se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana. Desde joven se interesa por el teatro, siendo profesor de la Academia de Arte Dramático (ADAD). En La Habana, dirige varias piezas en la sala de la Academia Municipal de Arte Dramático: El árbol número 13, de André Gide, en 1953; Ha llegado el momento, de Xavier Villaurrutia, en 1954; y Antígona, de Jean Anouilh, en 1955. Además, realiza escenografías para el Patronato de Teatro y el Ballet de Alicia Alonso. En 1959, publica en la revista Nuestro tiempo una crítica sobre la pintura abstracta durante el batistato, que causa controversia.
Una instantánea de Susan Sontag por Annie Leibovitz, que se puede ver en la exposición que sobre la fotógrafa organiza PhotoEspaña 2009.
Annie Leibovitz (Estados Unidos, 1949) es una de las retratistas más importantes e influyentes del mundo. En esta exposición se pueden ver parte de sus fotografías hechas por encargo, así como otras de carácter más íntimo, como las que realizó a Sontag, su compañera sentimental, u otras relativas al entorno familiar de la fotógrafa.
El 16 de junio de 1961, en una primera sesión que hubo en la Biblioteca Nacional, y antes de que Fidel Castro pronunciara sus famosas y fatídicas Palabras a los intelectuales, Tomás Gutiérrez Alea dijo:
"Yo quisiera previamente concretarme un poco sobre el caso de -no voy a extenderme mucho- PM. Quizás se hayan cometido errores en el estilo de tratar este asunto. Ahora, yo creo que ha quedado bastante claro (no sé si es necesario aclararlo más), que no se trata eminentemente de una película contrarrevolucionaria, pero que sí se trata de una película que, al tocar un aspecto de la realidad, no lo toca en una forma debida y, por lo tanto, dice una mentira de la manera más hipócrita que se puede decir, que es ocultando una parte de la verdad. [...] Yo creo que eso está bien aclarado. Está bien aclarado que nuestra situación hoy es crítica, y que estamos rodeados de enemigos, y que, por lo tanto, aun cuando esa película tenga valores artísticos (que no tenemos que negárselos) y tenga valores como documento, es inoportuna. Inoportuna exhibición, y sería realmente malo, realmente muy malo, que esa película fuera a caer en manos de gente que fuera a utilizarla contra nosotros. Estaríamos dándole un arma al enemigo, cosa que no hay por qué hacer ahora".