por Manuel Zayas (© El autor.)
Publicado en Miradas.eictv.co.cu
El paciente Nicolás Guillén Landrián yacía congelado en el hospital Mercy de Miami. El diagnóstico de los médicos fue certero: un cáncer de páncreas que luego hizo metástasis en pulmones e hígado. En la hoja clínica constaba: 65 años, cubano, negro, seis pies de estatura. Cuando el cuerpo llegó a la morgue, el 21 de julio del dos mil tres, no existió la necesidad de autopsia. Después de la muerte, ¿qué lo sobreviviría? La posible pregunta que se hicieran biógrafos y patólogos. El segundo apellido distinguía el nombre del de su tío, el poeta Nicolás Guillén. Con luz propia, así valía como artista. “No soy feliz, pero aspiro a serlo. No sé si sabré”, había dicho al final de su vida. Después de los funerales, acaecidos en Cuba tras la larga espera que supone exportar un cadáver, el pronto e indetenible viaje hacia la descomposición, la nada.
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